Los malagradecidos: una especie que nunca desaparece
Tomado de Facebook
En la vida hay algo que nunca deja de sorprender: la facilidad con la que algunas personas olvidan quiénes fueron los que estuvieron a su lado cuando más lo necesitaban.
Mientras están abajo, conocen a todo el mundo. Son humildes, atentos, sonrientes y capaces de llamar a cualquier hora para pedir una mano. Pero cuando alcanzan una posición, consiguen un cargo, mejoran económicamente o simplemente creen que ya no necesitan a quienes los ayudaron, cambian de comportamiento.
Ahí comienza a aparecer el verdadero rostro del malagradecido.
El malagradecido tiene una memoria selectiva. Recuerda perfectamente lo que otros hicieron mal, pero convenientemente borra de su memoria los favores recibidos. Se olvida de quién le abrió una puerta, quién lo recomendó, quién puso su nombre sobre la mesa, quién lo defendió cuando era cuestionado y quién estuvo presente cuando prácticamente nadie apostaba por él.
Y lo más curioso es que muchos no solamente olvidan: después de recibir la ayuda, terminan convirtiéndose en enemigos de quien los ayudó.
Es una conducta que puede verse en la política, en los negocios, en las instituciones, en los medios de comunicación y hasta entre supuestos amigos.
Hay quienes llegan a una posición gracias al respaldo de otros y, una vez instalados en ella, comienzan a rodearse de personas nuevas mientras desprecian a quienes caminaron con ellos durante el trayecto.
Como si el éxito les hubiera borrado la historia.
Pero hay algo que el malagradecido nunca debe olvidar: las posiciones son temporales, los cargos pasan y el poder cambia de manos.
Hoy puedes estar arriba y mañana necesitar nuevamente de alguien.
Por eso no conviene maltratar a quien alguna vez te tendió la mano.
Tampoco se trata de vivir cobrando favores. Quien ayuda de corazón no debería pasar la vida recordándole al otro lo que hizo. Pero una cosa es no cobrar favores y otra muy diferente es aceptar que alguien borre deliberadamente la historia para presentarse como una persona que llegó sola hasta donde está.
Nadie llega completamente solo.
Siempre hubo alguien que creyó, alguien que acompañó, alguien que aconsejó, alguien que sacrificó tiempo, alguien que defendió y, en ocasiones, alguien que arriesgó su propio prestigio para ayudar.
Por eso la ingratitud no es solamente falta de educación. Es pobreza de espíritu.
Y quizás la peor versión del malagradecido es aquella que, después de recibir beneficios, intenta desacreditar a quien se los proporcionó. Es como morder la mano que te alimentó y luego pretender convencer al mundo de que nunca necesitaste alimento.
A esas personas no hay que perseguirlas ni confrontarlas permanentemente.
Hay que dejarlas caminar.
Quien ayudó de buena fe puede dormir tranquilo. Quien actuó con ingratitud tendrá que vivir con sus propias decisiones.
Porque al final, los cargos pasan, el dinero va y viene, las influencias cambian y las circunstancias se transforman.
Lo único que permanece es la reputación y la manera en que tratamos a quienes estuvieron con nosotros cuando todavía no éramos importantes.
Así que antes de mirar por encima del hombro a quien ayer caminó contigo, recuerda algo sencillo:
Nunca desprecies a quien te ayudó cuando no tenías nada que ofrecerle.
Porque la grandeza de una persona no se mide por cuántos la saludan cuando está arriba, sino por cuántos pueden decir que nunca olvidó a quienes estuvieron a su lado cuando estaba abajo.
Y si algún día la vida te obliga a comenzar nuevamente, quizás descubras que aquellas personas que despreciaste eran precisamente las que podían volver a tenderte la mano.
Pero para entonces, posiblemente ya sea demasiado tarde.

